A veces la vida no se rompe, se abre

Nadie te prepara para el momento en el que la vida deja de encajar.
No pasa de golpe.
Pasa despacio.
Como una grieta fina que al principio ignorás.

El cuerpo se cansa antes de tiempo.
El trabajo pesa más de lo que debería.
Los espacios se sienten ajenos.
Los vínculos ya no alcanzan.

Y no sabés explicarlo. Pero lo sentís.

No es que todo esté mal. Es que ya no es verdad.

Y ahí empieza lo que casi nadie quiere nombrar.
El colapso.

No el dramático.
El silencioso.
Ese en el que seguís funcionando,
pero algo adentro ya no acompaña.
Porque este colapso es el colapso de quién eras.
De quién creías ser.

Y entonces es que se cae una lágrima.
Se rompe una forma de sostener.
Se termina una versión tuya que hizo lo mejor que pudo…
pero ya no alcanza.

Y duele.
Porque soltar lo conocido duele más que seguir incómodo.

Pero quedarte ahí a veces es la única opción mientras entendés
que el desorden es oportunidad.

Y dicen los que saben que para que una estrella exista,
una nebulosa tiene que perder forma.
Tiene que desarmarse sin garantías.
Tiene que atravesar el caos sin promesas.
Y yo no sé si eso es real o no pero…
eso somos cuando todo se desordena.
Materia prima.

No estás perdido.
Estás en construcción.

Y aunque hoy no lo veas,
aunque tengas miedo,
aunque dudes de todo,
este no es tu final.

Es el momento exacto en el que dejás de sobrevivir como podés y empezás, de a poco,

a vivir como sos.

No te apures. 

No te fuerces.

No te traiciones para volver a encajar.
A veces, la vida no se rompe.
Se abre.
Y cuando eso pasa,
ya no hay vuelta atrás.
Feliz desorden ❤️


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